Con frecuencia, cuando desde espacios de resistencia crítica como la pupila asombrada señalamos los estragos del pedagogismo contemporáneo, la respuesta del establishment educativo es la descalificación semántica. Se nos acusa de utilizar un término vacío, un mero insulto reaccionario inventado en Francia por intelectuales nostálgicos para atacar cualquier asomo de "innovación". Tratan de despachar la crítica reduciendo la palabra a un simple exabrupto conservador.
Pero el pedagogismo está muy lejos de ser un insulto; posee una consistencia ontológica y sociológica abrumadora. Para comprender su verdadera naturaleza, debemos abandonar el debate superficial sobre las buenas intenciones metodológicas y analizarlo a través de la lente de Michel Foucault. El pedagogismo no es una simple moda didáctica: es, en el sentido más estricto y riguroso del término, un dispositivo.
Foucault definió el dispositivo como una red profundamente heterogénea que engloba discursos, instituciones, instalaciones arquitectónicas, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas y proposiciones filosóficas o morales. El dispositivo es el entramado mismo que conecta todos estos elementos con una función estratégica muy clara: responder a una urgencia histórica.
Si aplicamos esta matriz analítica al panorama educativo actual, la existencia del pedagogismo como dispositivo de poder se revela con una claridad meridiana. Veamos cómo se articulan los nodos de esta red:
1. Los discursos y las proposiciones morales
El pedagogismo ha forjado un lenguaje hegemónico que opera como un dogma moral. Hablamos de la retórica del "aprender a aprender", la entronización de las competencias líquidas frente al conocimiento estructurado, la demonización de la memoria y el esfuerzo, y la imposición de una presunta "felicidad" emocional como fin último del aula. Quien se opone a estos discursos no es rebatido con argumentos epistemológicos, sino excomulgado moralmente bajo la etiqueta de "tradicionalista" o "enemigo del alumno".
2. Las instituciones y las leyes
El dispositivo no flota en el éter; se materializa en la burocracia. Está codificado en las directrices de entidades supranacionales y en los informes estandarizados que dictan la política educativa global. Se cristaliza en las sucesivas leyes orgánicas que legislan de espaldas a la realidad formal de las materias, y se perpetúa a través de los centros de formación del profesorado, convertidos a menudo en correas de transmisión de una doctrina metodológica única, vaciada de la verdadera pedagogía (aquella que asume el reto de estar en medio para estructurar el conocimiento histórico y formal permitiendo su asimilación).
3. Las medidas arquitectónicas
Foucault nos enseñó que el poder se ejerce también a través de la organización del espacio. El pedagogismo ha alterado la arquitectura escolar para forzar su metodología. La eliminación de las paredes para crear espacios diáfanos, la sustitución de los pupitres individuales por mesas modulares que obligan al trabajo cooperativo constante, y la desaparición del lugar central desde donde el maestro media con el conocimiento son decisiones arquitectónicas precisas. Su función no es liberar al alumno, sino imposibilitar estructuralmente el silencio, el trabajo individual pausado y la ensoñación.
4. La urgencia histórica: El mandato neocapitalista
Todo dispositivo foucaultiano nace para responder a una urgencia de su época. ¿A qué urgencia histórica responde la red del pedagogismo? Responde a la necesidad imperiosa del neocapitalismo de reconfigurar la fuerza laboral.
El mercado de la modernidad líquida ya no requiere ciudadanos ilustrados, arraigados en el saber disciplinar y con capacidad de análisis crítico. Esa solidez intelectual es un obstáculo para un mercado laboral marcado por la precariedad y la inestabilidad. La urgencia histórica del sistema productivo actual es generar empleados flexibles, hiperactivos, resilientes y vaciados de certezas estructurales. El pedagogismo es el dispositivo perfecto para fabricar este perfil: al disolver el rigor de las disciplinas y sustituirlo por metodologías de adaptación y evaluación perpetua (como el ABP), la escuela deja de instruir para empezar a adiestrar en la docilidad que exige la empresa contemporánea.
Negar la existencia del pedagogismo reduciéndolo a un exabrupto carente de rigor es el mayor triunfo de este engranaje, pues la eficacia de un dispositivo de poder radica, precisamente, en su capacidad para volverse invisible y presentarse como el orden natural y bondadoso de las cosas. Nombrarlo y diseccionarlo es el primer paso ineludible para desarticularlo.