El cliente siempre tiene la razón: La ironía de la escuela a la carta y el asedio a la autoridad docente
Desde la pupila asombrada, asumo que el lector avezado habrá captado de inmediato el tono profundamente irónico del mensaje. Sin embargo, si la ironía funciona tan bien —y escuece tanto— es precisamente porque retrata una de las derivas más peligrosas y normalizadas del pedagogismo contemporáneo: la paulatina transformación de la escuela en una empresa de servicios y la degradación del docente a mero empleado subalterno de las expectativas familiares.
La mercantilización del aula y el alumno-consumidor
Si analizamos esta falsa premisa sin ironía, descubriremos que encaja perfectamente con las exigencias del neocapitalismo que diseccionamos al hablar del Aprendizaje Basado en Proyectos. Cuando exigimos que la familia "garantice" la adecuación del temario o que la metodología se amolde a las "expectativas" del niño, estamos introduciendo la lógica del libre mercado en el corazón mismo del hecho educativo.
El padre se convierte en un cliente que exige un retorno de inversión (ya sea en forma de calificaciones, de "felicidad" inmediata o de metodologías lúdicas). El alumno se transforma en un consumidor cuyas apetencias y comodidades dictan el rumbo de la clase. Y el conocimiento disciplinar —la estructura formal de las matemáticas, el rigor de la historia o la sintaxis— pasa a ser un producto maleable que debe ser empaquetado a gusto del consumidor. En este simulacro de restaurante de comida rápida pedagógica, el dogma es innegociable: el cliente siempre tiene la razón.
La abdicación epistemológica
El absurdo de esta "supervisión doméstica" se hace evidente en cuanto abandonamos la retórica vacía y miramos de frente a la epistemología de las materias. ¿Acaso posee la familia media el conocimiento de la arquitectura formal del álgebra para dictaminar si un temario es adecuado? ¿Tienen los padres el deber de conocer el Enfoque Ontosemiótico para decidir qué algoritmo o qué andamiaje cognitivo necesita su hijo para comprender el cálculo de probabilidades? Evidentemente, no. Tampoco le exigimos a las familias que supervisen la técnica del cirujano en un quirófano basándose en las expectativas de confort del paciente.
Delegar la validación del currículo o la metodología en el escrutinio doméstico es un acto de rendición epistemológica. Significa dinamitar la autoridad del objeto institucional (la disciplina histórica y rigurosa) para subordinarlo al objeto personal o, peor aún, al capricho sociológico del momento. Cuando la escuela abdica de su autoridad intelectual para contentar a la grada, deja de ser escuela.
La escuela como ruptura de lo doméstico
Existe además un daño humanista y social incalculable en esta pretensión de hipervigilancia parental. La escuela no nació para ser una extensión del salón de casa. Su función histórica y verdaderamente emancipadora es, precisamente, sacar al niño de su burbuja familiar, de sus particularismos y de sus expectativas domésticas, para introducirlo en el mundo público y universal del conocimiento humano.
Si la familia dicta lo que ocurre en el aula, la escuela pierde su capacidad de mostrarle al alumno horizontes que sus padres ni siquiera imaginaban. Se perpetúa la desigualdad, porque el capital cultural de la familia pasa a ser el techo de cristal inquebrantable del estudiante.
El profesor "en medio": La defensa de una profesión
Esta ironía tuitera nos devuelve a nuestra trinchera principal. Permitir que la eficacia docente se mida por el grado de satisfacción y supervisión del hogar es el golpe de gracia para la figura del maestro. Ya no solo se le exige que desaparezca para ser un "facilitador" periférico de dinámicas de grupo, sino que ahora debe rendir cuentas como un botones ante el tribunal de las expectativas privadas.
Frente a esta intromisión paralizante, debemos reivindicar con fiereza nuestro lugar. El profesor no está a las órdenes del mercado, ni es un expendedor de metodologías a la carta. Nuestro lugar es estar en medio, que no en el centro. Y estar en medio significa ser el garante insustituible del conocimiento. Significa defender la majestad de la materia frente al ruido, exigir el esfuerzo procedimental aunque incomode, y recordar, con toda la amabilidad pero con absoluta firmeza, que en la relación con la verdad matemática o filosófica no hay clientes, solo aprendices; y no hay menús degustación, sino un andamiaje riguroso que, con tiempo y silencio, conduce a la libertad intelectual.