El espejismo de Ken Robinson: La falacia de la creatividad caída del cielo y el triunfo del "vendehumos'" pedagógico
A través de la pupila asombrada, hemos intentado desmontar con rigor epistemológico los dogmas que paralizan la educación contemporánea. Pero pocos tótems son tan intocables en el imaginario del pedagogismo moderno como la figura de Sir Ken Robinson y su archiconocida y viral charla TED: "¿Las escuelas matan la creatividad?".
Conviene detenerse en este fenómeno porque representa, de forma paradigmática, cómo el marketing educativo y los clichés del vendehúmos han secuestrado el debate didáctico. Robinson utilizó un humor irónico, brillante y cautivador, propio del mejor stand-up comedy, como un caballo de Troya perfecto para introducir en la mente de millones de personas una de las falsedades más destructivas de nuestro tiempo: la visión de una creatividad innata, espontánea y mágica que la malvada escuela se encarga de aniquilar.
El mito de Rousseau en formato viral
El andamiaje argumental de Robinson descansa sobre un innatismo tan absurdo como ingenuo. Nos presenta al niño como un genio natural, un espíritu puro rebosante de ideas originales que, al entrar en la maquinaria de la escuela "industrial", es castrado intelectualmente por la exigencia de sentarse, memorizar y aprender disciplinas formales. Si el niño deja de ser creativo, nos dice Robinson entre las risas del público, es por culpa de la instrucción escolar.
Esta premisa es una actualización del mito del buen salvaje de Rousseau, empaquetada para el consumo rápido del neocapitalismo. Parte de la base falaz de que la creatividad "cae del cielo", de que es una fuerza biológica que florece en el vacío siempre y cuando ningún adulto imponga reglas, algoritmos o estructuras.
La creatividad no es ignorancia desinhibida
Como ya vimos al analizar la epistemología de Charles Sanders Peirce y la lectura de Sara Barrena, la verdadera creatividad (la abducción) no es un chispazo irracional ni surge de la ignorancia desinhibida. Es, por el contrario, el triunfo supremo de la razón.
Robinson confunde trágicamente la desinhibición infantil (el no tener miedo a equivocarse porque se ignora la regla) con la creatividad genuina. Un niño de cuatro años que aporrea un piano no está siendo creativamente musical; simplemente está jugando con el sonido sin conocer la estructura armónica. Para que exista verdadera creatividad —para que alguien pueda componer una sinfonía, resolver un sistema de ecuaciones por una vía inédita o formular una nueva metáfora poética— se requiere, ineludiblemente, una mente preparada.
Y esa preparación exige todo aquello que el discurso de Robinson demoniza: instrucción explícita, repetición, automatización de los procedimientos básicos y el llenado riguroso de la memoria a largo plazo. No se puede ser creativo en el vacío. La creatividad matemática o literaria surge de jugar con las reglas de la disciplina, y para jugar con ellas, primero hay que dominarlas hasta el agotamiento.
El daño del discurso carismático
El éxito viral de Robinson hizo un daño incalculable porque dotó de una pátina de prestigio intelectual a la abdicación docente. Al culpar a la estructura escolar de "matar" la creatividad, validó la agenda del activismo pedagógico: si la instrucción mata el genio innato, entonces el profesor debe apartarse, las disciplinas deben disolverse en proyectos transversales sin rigor, y el aula debe convertirse en un parque de atracciones donde el alumno "descubra" el mundo por sí solo.
Pero cuando la escuela renuncia a transmitir el andamiaje histórico y formal, no está liberando la creatividad del alumno; lo está condenando a la más absoluta indigencia cognitiva. Sin los sillares de la memoria y la técnica, la memoria de trabajo del novicio colapsa ante la complejidad del mundo real, imposibilitando cualquier destello abductivo.
La escuela hace posible la creación
Frente a la carcajada complaciente del marketing educativo, debemos defender la seriedad de nuestro oficio. La escuela rigurosa no mata la creatividad; es la única institución democrática que entrega las herramientas para hacerla posible.
El educador no es el guardián de una fábrica del siglo XIX encargado de extirpar la imaginación de sus alumnos. Al asumir su posición de estar en medio, que no en el centro, el profesor media entre el vacío del innatismo ingenuo y la majestuosidad de la disciplina. Al exigir esfuerzo, al enseñar el mapa del laberinto, al forzar la negociación de significados y al proteger el silencio necesario para la ensoñación, el maestro está construyendo la pista de aterrizaje imprescindible para que, llegado el momento, la verdadera creatividad pueda alzar el vuelo.