En este texto fundamental, Serres deconstruye la estructura tradicional de la comunicación y realiza un tránsito fascinante que va de la metáfora mítica al concepto físico y matemático.

El mito del diálogo de dos y el "Tercer Hombre"
La tradición dialéctica nos ha enseñado a imaginar la comunicación y el pensamiento como un pulso limpio entre dos posiciones opuestas (tesis contra antítesis, maestro contra alumno, Sócrates contra Glaucón). Serres niega rotundamente esta ilusión binaria. En el corazón de toda comunicación se alza una verdad incómoda:
"Sostener un diálogo es suponer a un tercer hombre y buscar excluirlo; una comunicación exitosa es la exclusión del tercer hombre... Podríamos llamar a este tercer hombre el demonio, la prosopopeya del ruido."
Para Serres, la comunicación de dos es una quimera. Toda comunicación es, estructuralmente, un triángulo: dos interlocutores unidos no frente a frente, sino hombro con hombro contra un enemigo común.
1. El demonio como la personificación del desorden (Prosopopeya)
Una prosopopeya es el acto de otorgar rostro, cuerpo o personalidad a una abstracción. Antes de que nacieran la cibernética moderna o la teoría de la información de Claude Shannon, la humanidad necesitaba un nombre y una cara para explicar por qué la verdad se corrompe, por qué los mensajes se tuercen o por qué los sentidos nos engañan. Ese rostro fue el demonio o el genio maligno de Descartes.
En la Antigüedad o en la modernidad cartesiana, el demonio encarnaba esa fuerza invisible que saboteaba la señal pura. Era el saboteador metafísico que hacía que escucháramos mal, que confundiéramos las palabras o que nuestra percepción flaqueara.
2. El giro matemático: El demonio es la Estática (El ruido de fondo)
Sin embargo, Serres da un paso de gigante al traducir el mito teológico al rigor de la ciencia contemporánea. El demonio no es un ser metafísico sediento de maldad; es, en términos estrictos, el ruido de fondo inherente a la física del universo:
- Cuando dos personas dialogan, hay interferencia acústica en el aire.
- Cuando intentamos razonar, hay ruido neuronal y fatiga cognitiva.
- Cuando escribimos con tiza sobre una pizarra, la rugosidad material del soporte es una interferencia irreductible sobre la forma geométrica pura.
Por lo tanto, la "comunicación de dos" es una ilusión. Para que la información pase, ambos interlocutores deben enviar energía de forma activa para tapar, asfixiar o "excluir" al demonio del ruido.
3. El nacimiento de la comunidad (y del conocimiento) mediante el exorcismo
Aquí es donde la tesis de Serres se vuelve profundamente original y reveladora para la educación. El conocimiento riguroso y el tejido social no nacen de una supuesta simpatía mutua o de dinámicas grupales artificiales, sino de un exorcismo epistemológico.
Para alcanzar una verdad matemática o un mensaje científico claro, dos mentes tienen que aislar el canal conjuntamente. Al unirse para expulsar al "demonio del ruido", los interlocutores dejan de ser dos extraños y fundan un "Nosotros" (la comunidad científica, el aula entendida como comunidad epistémica). Lo que nos une como seres racionales no es el consenso blando, sino el combate encarnizado contra la interferencia del mundo.
4. El aula como espacio de exorcismo
Si trasladamos esta potente matriz de Michel Serres al terreno de la didáctica de las matemáticas, todo cobra sentido. El alumno novicio que se enfrenta al álgebra se encuentra sumergido en un estruendo ensordecedor: la sobrecarga semiótica de los signos, la falta de automatización en su memoria de trabajo y la complejidad de los registros formales. El alumno vive rodeado de ruido.
El profesor experto, ciego a su propia veteranía, cree que en la pizarra solo hay señal pura. Pero la verdadera labor docente no consiste en fingir que el ruido no existe, ni en abandonar al alumno en un trabajo por proyectos (ABP) donde el caos y la interferencia se multiplican.
El docente asume su lugar ineludible: estar en medio, que no en el centro. El profesor actúa como el guía de ese exorcismo colectivo. Es quien ayuda a desbrozar la interferencia, exige la precisión formal, estructura el procedimiento y limpia el canal de comunicación para que, por fin, el alumno pueda dejar de oír el estruendo del "tercer hombre" y comience a contemplar la deslumbrante claridad de la señal matemática.