A través de la pupila asombrada, he intentado diseccionar en numerosas ocasiones la arquitectura de ese milagro cognitivo que llamamos aprender. A veces, las respuestas más certeras sobre la didáctica no se encuentran en los manuales de pedagogía, sino en la alta literatura. En su magistral novela El entenado, el escritor argentino Juan José Saer formula una de las sentencias epistemológicas más bellas y exactas que he leído:
"Lo desconocido es una abstracción; lo conocido, un desierto; pero lo conocido a medias, lo vislumbrado, es el lugar perfecto para hacer ondular deseo y alucinación”.
Al releer esta frase, no puedo evitar un escalofrío de reconocimiento. Así he vivido muchas cosas en la escuela. Durante todas mis décadas frente a la pizarra, observando las mentes de los alumnos enfrentarse a la inmensidad de las matemáticas, he comprobado que el aula rigurosa habita exactamente ahí: en el territorio de lo vislumbrado.
La abstracción estéril de lo desconocido
Cuando el pedagogismo contemporáneo, en su variante del "descubrimiento libre", lanza al novicio a resolver problemas complejos sin instrucción explícita previa, lo arroja al abismo de lo desconocido. Y como dice Saer, lo desconocido es una abstracción vacía.
Frente a un teorema o una estructura algebraica de la que no se posee ni el vocabulario ni los algoritmos básicos, la mente del estudiante no siente curiosidad; siente ceguera, parálisis y saturación de su memoria de trabajo. No se puede desear conocer aquello de lo que no se tiene ni siquiera el mapa. Lo absolutamente ignoto no despierta el asombro matemático, sino la angustia.
El desierto de lo utilitario
En el polo opuesto, encontramos lo absolutamente "conocido". Si reducimos las matemáticas a un utilitarismo plano, a la hiperactividad del Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP) donde todo debe ser inmediatamente comprensible, fácil y aplicable a una receta de cocina o al presupuesto de una excursión, transformamos la disciplina en un desierto.
Un aula donde no hay misterio, donde todo está masticado y despojado de su majestad formal para no incomodar al alumno, es un páramo intelectual. En la trivialidad absoluta no hay espacio para la ensoñación, ni para el desafío cognitivo. El conocimiento, despojado de su tensión epistemológica, se vuelve yermo.
El lugar perfecto: Lo vislumbrado
La verdadera educación, el instante preciso en el que el aprendizaje matemático prende, ocurre en la frontera: lo conocido a medias, lo vislumbrado.
Es ese momento sagrado en el que el alumno, gracias a la instrucción explícita del maestro y a la automatización previa de los cálculos básicos, tiene las herramientas suficientes para intuir la magnitud de un concepto geométrico o la elegancia de una demostración, pero aún no lo domina por completo. Está a medio camino entre su significado personal (incompleto, titubeante) y el imponente objeto institucional.
En esa grieta de lo vislumbrado es donde, como afirma Saer, ondulan el deseo y la alucinación. El deseo de comprender, el chispazo de la abducción peirceana, el afán intelectual por encajar la última pieza del puzzle diagramático. El alumno vislumbra que detrás de esa ecuación hay una verdad profunda, una estructura perfecta que le está esperando, y ese vislumbre es el motor más potente que existe en pedagogía.
El maestro frente a la alucinación
Pero Saer añade una palabra perturbadora: alucinación. En el aula, percibir las cosas a medias también conlleva el riesgo del espejismo. Un alumno puede vislumbrar un concepto y alucinar una falsa comprensión, construyendo atajos lógicos erróneos o generalizando reglas donde no las hay.
Y es precisamente por el peligro inminente de esta alucinación cognitiva por lo que la figura del educador es insustituible. El maestro asume su lugar: estar en medio, que no en el centro. Estar en medio es habitar ese territorio de lo vislumbrado junto al alumno. Es sostener la tensión. Si el estudiante alucina un espejismo matemático, el docente interviene con el rigor del diálogo socrático, negociando significados, corrigiendo la desviación formal y guiando su deseo intelectual hacia la orilla de la verdad demostrada.
Enseñar no es evitar que el alumno transite por la penumbra del conocimiento a medias; es acompañarlo en ese preciso instante en el que la pupila se asombra al vislumbrar la estructura, evitando que se pierda en la alucinación, hasta que la luz de la comprensión inunde por fin la pizarra.
