A través de la pupila asombrada, hemos combatido incansablemente la perniciosa deriva que pretende convertir la institución escolar en un reflejo complaciente de la intimidad doméstica o en un mercado a la carta. Hoy asistimos a un asalto sentimental contra la escuela, impulsado por ese pedagogismo contemporáneo que repite machaconamente que el centro educativo debe ser "como una gran familia", un espacio hiperpersonalizado donde el alumno sea el centro indiscutible y donde todo deba negociarse en función de sus afectos, sus gustos y su pretendida singularidad espontánea.
Nada hay más falso ni más destructivo para la emancipación intelectual. La escuela no es una extensión de la familia. Muy al contrario: la escuela es una mesa común e institucional donde nadie puede ir a su aire.
La tiranía de la co-presencia y la mesa común
En la burbuja del hogar, el individuo es el centro del universo afectivo. La familia acoge al niño por lo que es en su particularidad incondicional; lo ampara, lo protege y, por definición, tiende a girar en torno a sus demandas y ritmos cotidianos.
Pero la escuela opera bajo una lógica radicalmente distinta y profundamente civilizadora. Al cruzar el umbral del aula, el niño abandona el santuario de lo privado para ingresar en el espacio público y común. Te guste o no, la escuela obliga a compartir el espacio físico y mental con otros extraños, a guardar silencio cuando corresponde, a escuchar al otro —a ese prójimo que no he elegido y con el que no comparto necesariamente afinidades electivas— y a someterse a una disciplina colectiva.
En esa mesa común nadie va a su aire. La convivencia escolar no se rige por el capricho individual, sino por el reconocimiento de la ley, de la norma compartida y del respeto al marco institucional que hace posible el encuentro de las mentes.
Un menú que no se elige
El pedagogismo posmoderno aborrece el concepto de programa común. Obsesionado con el "aprender a elegir" y la dictadura de los intereses del alumno, pretende que la escuela funcione como un autoservicio donde cada cual seleccione las asignaturas, los proyectos o los contenidos que más le diviertan o le resulten "útiles" para su inmediatez.
Pero la educación rigurosa impone algo mucho más valioso y exigente: asimilar un menú que no eliges.
Nadie, en la modorra de su ignorancia natural, elegiría por iniciativa propia someterse a la rigidez de los algoritmos matemáticos, a la depuración milimétrica de la sintaxis, a las complejidades de la historia o a la abstracción de la física teórica. Se nos entrega un menú preparado por el sedimento de la cultura humana, un legado secular que no nace de nuestras apetencias domésticas, sino de la más alta conquista de la razón. Aceptar ese menú, digerirlo, masticarlo y transformarlo en pensamiento propio es el trabajo al que nos convoca la escuela.
La exposición a lo ajeno
Educar desde y por la escuela es, en su sentido más hondo, exponernos y obligarnos a lo ajeno.
Vivimos atrincherados en nuestras pequeñas cámaras de eco, rodeados de aquello que nos confirma, nos divierte y nos resulta familiar. La verdadera cultura, en cambio, es siempre un encuentro con lo extraño, con lo que trasciende nuestra tribu, nuestra época y nuestros sesgos biográficos. Enfrentarse a los teoremas, a los clásicos de la literatura o a las estructuras formales de la ciencia es salir de uno mismo para habitar la universalidad.
Renunciar a esa alteridad bajo la excusa de "conectar con el entorno del alumno" es encerrar al joven en los estrechos límites de su propio ombligo. La escuela existe precisamente para arrancarnos de lo doméstico y arrojarnos a la intemperie luminosa del saber universal.
El maestro como guardián de la mesa común
Sostener esta mesa común frente a las presiones del individualismo imperante exige una figura firme que no busque la complicidad fácil ni el aplauso del cliente.
Aquí es donde el educador recobra su posición insustituible: estar en medio, que no en el centro.
Estar en medio significa no ser un colega paternalista ni un camarero servicial de un autoservicio educativo. El profesor es el anfitrión de la mesa común, quien hace cumplir las normas del banquete, quien exige que se escuche al compañero, quien reparte el pan exigente de la cultura y quien nos obliga a mirar hacia lo ajeno. Porque sabe que solo rompiendo la comodidad de la burbuja familiar y sentándonos a compartir el rigor de lo universal, la escuela cumple su sagrada promesa: convertirnos, por fin, en seres libres, pensantes y civilizados.