En definitiva, desarticular el espejismo del ABP y su hiperactividad metodológica nos conduce inexorablemente a la pregunta fundamental de la didáctica: ¿cuál es el papel del profesor? El pedagogismo contemporáneo, en su ansia malentendida por emancipar al alumno, ha decretado la obsolescencia del docente como transmisor del saber. Se le exige abdicar de su autoridad intelectual para asumir el rol subalterno de "facilitador" o animador de dinámicas grupales; un guía periférico que asiste, casi como un espectador pasivo, al supuesto autodescubrimiento del estudiante.
Sin embargo, huir de la caricatura del autoritarismo de la vieja escuela no puede justificar la desaparición del educador. El lugar exacto del maestro frente a la disciplina no es ocupar un altar dictatorial desde el que se impone un monólogo sin sentido, pero mucho menos lo es difuminarse entre las mesas del trabajo por proyectos. Su verdadera posición, aquella que sostiene el acto de enseñar, es estar en medio, que no en el centro.
Estar en medio significa asumir con valentía la responsabilidad de erigirse como el mediador insustituible entre la verdad histórica, formal y majestuosa de la materia —sea la estructura matemática, la reflexión filosófica o la lógica sintáctica— y el alumno, que por su condición de novel aún no posee los esquemas cognitivos para desentrañarla por sí solo. Es el profesor quien estructura el contenido, quien gestiona la carga cognitiva, quien exige la automatización ineludible de los procedimientos básicos y quien protege el silencio para que la ensoñación y la asimilación profunda sean posibles.
Solo desde ese lugar intermedio, sosteniendo el andamiaje con rigor y firmeza, la escuela puede cumplir su auténtica promesa. Solo así logramos elevar al alumno más allá del utilitarismo efímero y del activismo ciego, entregándole, de verdad, las llaves del conocimiento profundo.