Existe una ironía perversa en la defensa entusiasta que cierta pedagogía autodenominada "progresista" hace del Aprendizaje Basado en Proyectos. Se nos vende como una herramienta de liberación frente a la escuela tradicional, cuando, bajo un análisis riguroso, el ABP se revela como el dispositivo perfecto para satisfacer las necesidades formativas del neocapitalismo más descarnado. El mercado laboral contemporáneo, marcado por la liquidez, la precariedad y la economía de los "trabajos por encargo" (gig economy), ya no demanda ciudadanos ilustrados con una sólida estructura intelectual; demanda empleados flexibles, adaptables y acríticos.
Al desplazar el foco del "saber" disciplinar (el dominio de la materia, la historia, la estructura matemática) hacia el "saber hacer" de las llamadas competencias y soft skills (trabajo en equipo, resiliencia, liderazgo, gestión de la incertidumbre), la escuela por proyectos claudica ante la agenda corporativa. El aula se transforma en un simulacro de la oficina moderna. Cuando un alumno es evaluado por su capacidad para gestionar un entregable en grupo, pivotar ante los cambios y "aprender a aprender", lo que realmente se está ensayando es su futura docilidad ante un mercado laboral de proyectos efímeros y reciclaje perpetuo, donde la autoexplotación se disfraza de emprendimiento personal.
Vaciar el currículo de su contenido formal y riguroso tiene un coste político y social incalculable. Al sustituir la transmisión del conocimiento cultural y científico —la única herramienta verdaderamente emancipadora, especialmente para aquellos alumnos que no lo heredan de su entorno familiar— por una metodología de adaptación constante, la escuela deja de formar individuos con la autonomía moral y la profundidad analítica necesarias para cuestionar el sistema. En lugar de ello, el pedagogismo metodológico produce perfiles maleables, trabajadores sin anclajes estructurales, perfectamente diseñados para ser engranajes eficientes y desechables en la maquinaria de la producción neocapitalista.